Desde la elección de Raúl Alfonsín como presidente tras la tragedia de la última dictadura. Una fecha que revalida la defensa de la política, la ciudadanía, las instituciones.
El valor de la democracia lo absorbí en la familia como la importancia del respeto al individuo como parte de lo colectivo, desde siempre, tanto que a los 9 años viví desde adentro mi primera campaña electoral en los convulsionados años ’70. Recuerdo atender a ciudadanos que concurrían a los locales partidarios para algo que ahora se resuelve con un mensajito de texto, averiguar la mesa y lugar de votación. Recuerdo largas caminatas por las calles del barrio repartiendo puerta a puerta los sobres perfectamente identificados en un arduo trabajo previo. Recuerdo ir de la mano de mi padre a mis primeros actos políticos.
Probablemente el compromiso familiar con la política hizo que llegados los oscuros años de la dictadura viviera una preadolescencia marcada por los extremados cuidados: dónde iba, a qué hora regresaba, cómo me movilizaba. No tuvimos que salir del país ni vivir en la clandestinidad, como soportó una generación, pero aprendí a tomar recaudos que otros chicos de mi edad no entendían.
Discutir de política y economía en el principio de los ’80, en locales a puertas y ventanas cerradas, disfrazados de bibliotecas o centro culturales me fue dando el contenido ideológico a esa prematura militancia, alimentada en las marchas de la Multipartidaria, la expresión conjunta de los partidos políticos que me llevó por primera vez a la Plaza en marzo de 1982 y a conocer la asfixia que provocan los gases lacrimógenos. Una Plaza, La Plaza, La Histórica Plaza que volví a pisar imposible recordar cuántas veces, para reclamar y para festejar. En las buenas y en las malas.
Y entre tantas visitas llegó el 30 de octubre de 1983. Ya había terminado la secundaria y puesto en el freezer la carrera universitaria. Ya había presenciado cientos de actos y recorrido decenas de pueblos, así se denominaban sin importar si tenían 1.000 o 100.000 habitantes, llevando el debate político y colaborando en el armado de estructuras partidarias congeladas durante los años de la peor dictadura vivida en la Argentina.
Ese 30 de octubre me tocó actuar de fiscal general en mi pueblo. Recorrí todos los locales de votación y sentí, ahora lo asimilo, un gran orgullo de ser parte de ese día histórico. Como en las jornadas de Semana Santa del ’87 o en diciembre del ’90,cuando la ganamos la calle para defenderla
Ahora, a treinta años de aquellos días, la democracia no se discute. Ni aún, y esto fue el gran crecimiento cívico del país, cuando las diferencias políticas o los fracasos de gobiernos llevan a crisis que aprendimos a resolver dentro de las instituciones. Nunca más, y es el consenso nacional, golpear las puertas de cuarteles.
Fuente: Fernando Alonso, Director Periodístico de BAE









