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Salta, Argentina

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Entrevista Dossierweb. Jorge Paz, economista: “Estamos ante una receflación: consumo e inversión en baja, y caída de la actividad económica con inflación”

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Jorge Paz es licenciado y doctor en Economía, y doctor en Demografía. Investigador principal del CONICET y profesor titular de la Universidad Nacional de Salta (UNSa). Construyó una trayectoria académica dedicada al estudio de la economía y sus efectos sobre la sociedad. Fundó el Instituto de Estudios Laborales y del Desarrollo Económico (IELDE), del cual sde donde impulsa investigaciones sobre pobreza, desigualdad, empleo, ingresos y condiciones de vida. Su trabajo combina el análisis económico con herramientas de la demografía para comprender cómo evolucionan las brechas sociales y las posibilidades de desarrollo, con una mirada centrada en la realidad social y económica argentina.

En diálogo con Dossierweb, Paz analiza la caída de la actividad económica, las diferencias entre los sectores que crecen y los que retroceden y los efectos del actual modelo sobre el empleo, el consumo y los ingresos familiares. Advierte que Argentina está entrando a una recesión técnica, dice que los indicadores promedio pueden ocultar realidades muy distintas, y sostiene que las actividades exportadoras que generan divisas no necesariamente producen empleo suficiente para dinamizar al conjunto de la economía. Y finalmente examina el endeudamiento de los hogares, la morosidad y el uso creciente de estrategias familiares para llegar a fin de mes: el 50% de los hogares argentinos lo hace, un indicador que está a 10 puntos de llegar a niveles de la pandemia.

Especial Dossierweb

Ganadores y perdedores del modelo: la construcción junto a la industria están entre los sectores en caída y lejos del crecimiento económico

— El EMAE volvió a registrar una caída interanual de la actividad económica. ¿Qué lectura hacés?

— Estamos mirando un promedio, porque se promedian todas las actividades que componen una economía, desde la agricultura hasta los servicios. Y es relevante porque permite saber si la economía avanza, retrocede o está estancada. Si el indicador da cero significa que no avanza ni retrocede. Pero, cuando queremos evaluar cómo está funcionando realmente la economía, necesitamos mirar un poco más en detalle. Y ahí se observa con mayor claridad qué sectores crecieron y cuáles cayeron. El promedio puede ocultar esa diferencia. En la economía argentina actual hay actividades que fueron enormemente favorecidas por la orientación del programa económico del presidente Javier Milei. Pienso en sectores alcanzados por el RIGI, la Ley de Bases y el marco institucional que se creó para ofrecerles una alta rentabilidad y favorecer su crecimiento. Al mismo tiempo, hay otros sectores que están cayendo. Son dos fuerzas que se compensan: algunas actividades avanzan y otras retroceden. Cuando las que caen lo hacen con más intensidad que las que crecen, el resultado del promedio es negativo. Por eso, cuando se afirma que la economía está creciendo con fuerza, hay que preguntarse qué actividades están creciendo y cuáles están retrocediendo. No toda la economía se comporta de la misma manera.

— ¿La caída del EMAE permite afirmar que la economía está estancada y al borde de una recesión?

— Se considera que una economía está en recesión técnica cuando registra resultados negativos durante dos trimestres consecutivos en algún indicador agregado, como el producto bruto. Es un indicador importante porque los actores económicos lo toman en cuenta para decidir si invierten, si amplían sus negocios o si postergan proyectos. El EMAE funciona como una aproximación mensual a la evolución de la actividad económica: permite anticipar lo que después mostrará el Producto Bruto Interno. Si la actividad ya cayó durante un trimestre y los indicadores anticipan que volverá a caer en el siguiente, el EMAE estaría confirmando que estamos ante recesión técnica. Para confirmarlo hay que observar los datos correspondientes y, en particular, la evolución del producto.

Paz advierte que las actividades que generan divisas, como la minería, no necesariamente crean empleo suficiente para impulsar el consumo.

— En este contexto aparecen dos conceptos: estanflación y recesión. ¿Cómo describirías la situación actual?

— Estoy usando un término que es todavía más argentino: receflación. Es una palabra que uso para describir una economía en recesión con inflación. El concepto técnico que existe es estanflación, que significa una economía estancada con inflación. La estanflación combina una economía que no crece con inflación. Y lo que yo llamo receflación es algo todavía más complejo: una economía que no solamente está quieta, sino que cae, mientras los precios siguen aumentando. La diferencia es importante. El estancamiento supone que la actividad está prácticamente detenida; la recesión implica una caída. Por eso, estamos ante un escenario de receflación: el consumo se viene abajo, la inversión retrocede y gran parte de las actividades económicas se contraen, y los precios siguen subiendo. Y lo que vemos es una caída de la actividad acompañada por inflación, y eso golpea directamente a las personas, porque deteriora su capacidad de compra.

— ¿Quiénes son hoy los ganadores y los perdedores del modelo económico?

— La diferencia es bastante clara. Entre las actividades que más están creciendo podemos mencionar la agricultura, la ganadería, la energía y las finanzas. Se pueden incluir otros sectores, según cómo se los clasifique, pero esos son algunos de los más dinámicos. Son actividades que pueden generar muchos dólares, porque producen bienes o servicios que se venden al exterior o participan de circuitos financieros, pero no necesariamente generan una cantidad importante de empleo en relación con los ingresos que producen. Y ahí está una de las claves del problema. Para que el crecimiento de una actividad llegue a la gente común, tiene que haber empleo. El empleo genera salarios y los salarios permiten el consumo. Si una actividad produce divisas, pero tiene una capacidad limitada para crear puestos de trabajo, su crecimiento no se traduce automáticamente en una mejora de las condiciones de vida de la mayoría. La minería, por ejemplo: las empresas mineras declaraban alrededor de 5.500 trabajadores ocupados. Para tener una referencia, Salta tiene una cantidad de ocupados que ronda los 680.000. Es decir, el empleo directo de la minería representa una proporción pequeña del total provincial. En cambio, la construcción, el comercio, los servicios y la industria manufacturera son actividades que generan mucho empleo. Son las que dan trabajo, pagan salarios y sostienen el consumo. Y son, precisamente, sectores que vienen retrocediendo.

La caída de los ingresos y el endeudamiento obligan a muchas familias a buscar alternativas para cubrir sus gastos cotidianos

— Ahí se ve la diferencia entre los ganadores y perdedores del modelo.

— Sí, se ve. De manera aproximada, y sin presentar esto como un cálculo estadístico exacto, diría que alrededor del 80% de la población está vinculada con sectores que están perdiendo, mientras que el 20% se encuentra en actividades que están ganando.

— ¿Cómo se explica, entonces, que el Ejecutivo Nacional hable de crecimiento económico cuando hay empresas que cierran, cae el empleo y se retrae el consumo?

— El ejemplo que suelo dar es el de un vecino que gana la lotería. Si tu vecino se gana un premio importante, por supuesto que va a estar mejor económicamente. Puede comprarse un auto nuevo, una casa o irse de vacaciones a Europa. Pero la pregunta es: ¿cómo llega esa mejora a vos y al resto del barrio?. Que a un vecino le vaya bien no significa que a todo el barrio le vaya bien. Lo mismo ocurre con la economía. Que crezcan la minería, las exportaciones de petróleo o el gas no significa automáticamente que mejore la situación de toda la población. La pregunta es cómo se transmite ese crecimiento al conjunto de la economía. Un mecanismo posible es la recaudación de impuestos. El Estado puede obtener recursos de las actividades que generan rentabilidad y utilizarlos para financiar mejores caminos, hospitales, educación y servicios públicos. Pero cuando existen regímenes que otorgan beneficios fiscales muy amplios, como los que contempla el RIGI, ese mecanismo de redistribución se ve limitado. La discusión es qué parte de la riqueza generada queda en el país, qué parte se reinvierte y cuánto contribuye al financiamiento de bienes y servicios que necesita la sociedad. No alcanza con observar que una actividad crece o que genera dólares. También hay que analizar cuánto empleo crea, qué vínculos establece con proveedores locales, cuánto aporta al Estado y qué efectos produce sobre las condiciones de vida de la población. Si el crecimiento queda concentrado en determinados sectores y no se transmite al resto, puede coexistir con el cierre de empresas, la pérdida de puestos de trabajo y la caída del consumo. Esa es la contradicción que tenemos que mirar.

— Cuando observamos la economía de los hogares, los ingresos, el consumo y el poder adquisitivo, ¿qué panorama encontrás?

— La redistribución de los ingresos ayuda a entender lo que está pasando. Los sectores que están ganando son, en general, los que tienen mayor capacidad de ahorro. Al comienzo de este proceso hubo un aumento importante del crédito bancario. Los bancos ofrecían financiamiento, incluso a través de las tarjetas de crédito, porque había recursos disponibles en el sistema financiero. Las tasas de interés también tuvieron un papel importante. Al mismo tiempo, el Gobierno procuraba mantener bajo el tipo de cambio, porque sabe que una suba importante del dólar puede trasladarse a los precios. En ese contexto, el crédito permitió que parte de la población sostuviera cierto nivel de consumo, a pesar de la caída de los salarios y de la recesión. Pero hay una diferencia entre consumir porque aumentan los ingresos y consumir porque uno se endeuda. Cuando los ingresos no alcanzan, las familias recurren al crédito para pagar gastos corrientes. Pueden utilizar la tarjeta para comprar alimentos, medicamentos o productos del supermercado. El problema es que después tienen que devolver ese dinero, con intereses, y para hacerlo muchas veces necesitan volver a endeudarse. Ahí aparece la morosidad: cuando las familias ya no pueden cumplir con sus obligaciones financieras. En un contexto en el que los recursos se concentran en determinados sectores, muchas familias terminan recurriendo al endeudamiento para sostener un nivel de consumo que sus ingresos ya no pueden financiar.

Para el economista, en el modelo hay una contradicción a atender: el crecimiento concentrado en algunos sectores y que no se transmite al resto

— El presidente Javier Milei cuestionó la idea de que la población no llega a fin de mes. ¿Cómo se relaciona esa afirmación con los datos de pobreza?

— Según los datos oficiales, la pobreza alcanzaba al 32% de la población. La pobreza por ingresos mide a las personas que viven en hogares cuyos recursos no son suficientes para comprar una canasta básica. Es decir, estamos hablando de personas que no llegan a fin de mes con los recursos que reciben. Ahora bien, ¿por qué esas personas no están en una situación todavía más dramática? Porque ponen en marcha estrategias para sobrevivir. Piden prestado, recurren a comedores, buscan ayuda en iglesias y organizaciones sociales, apelan a familiares o utilizan sus ahorros. Hacen muchas cosas para poder sostenerse. Por eso, cuando se analiza la situación social, no alcanza con mirar únicamente el indicador de pobreza. También hay que observar qué hacen las familias para enfrentar esa situación y cómo consiguen cubrir sus necesidades. Una persona puede no estar por debajo de la línea de pobreza, pero encontrarse en una situación muy frágil. Si pierde una parte de sus ingresos o enfrenta un gasto inesperado, puede caer rápidamente en la pobreza.

— El INDEC releva las estrategias que utilizan los hogares para llegar a fin de mes. ¿Qué información aporta ese indicador y cómo evolucionó respecto de la pandemia?

— Es un conjunto de preguntas que permite conocer de qué viven las personas y cómo hacen para sostenerse. Es una herramienta importante porque permite distinguir dos tipos de estrategias: las tradicionales y las precarias. Las tradicionales son aquellas vinculadas con los ingresos habituales de un hogar: lo que una persona gana en su trabajo, una jubilación o una pensión, o los ingresos por el alquiler de una propiedad. Son recursos que forman parte de las fuentes regulares de ingresos. Las estrategias precarias aparecen cuando esos recursos no alcanzan y la familia tiene que buscar alternativas. Por ejemplo, pedir dinero prestado a amigos o familiares, solicitar un crédito bancario, pagar con tarjeta porque no puede afrontar una compra al contado o recurrir a distintas redes de ayuda. Hay personas que son pobres y que recurren a estos mecanismos para sostenerse, pero hay otras que todavía no son pobres según la medición de ingresos y que están utilizando las mismas estrategias para no caer en esa situación. Hoy el cálculo de personas que viven en hogares que recurren a alguna de estas estrategias, se ubica unos 20 puntos porcentuales por encima de la pobreza. Esto es, alrededor del 50% de la población. Este indicador durante la pandemia alcanzó un pico muy alto, llegó a alrededor del 60%, y hoy estamos acercándonos a aquellos niveles con el 50% y la tendencia es creciente. Esto nos muestra otra cara de la vulnerabilidad social, porque cuando una familia empieza a acumular distintas estrategias para sobrevivir, eso muestra una situación de mayor fragilidad.

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