El año empezó con la sensación, casi tácita, de que las empresas iban a necesitar más reflejos que certezas para atravesar un escenario cambiante. Más allá de las variables estrictamente macroeconómicas, fue un período en el que empresarios y ejecutivos debieron recalibrar expectativas, revisar estructuras internas y aceptar que el mercado interno ya no ofrecía el sostén de otras épocas. La contracción del consumo golpeó de forma directa a sectores que históricamente funcionaban como amortiguadores y obligó a reconfigurar estrategias que hasta hacía poco parecían sólidas. En muchos casos, sobrevivir se convirtió en la única meta realista.
Al mismo tiempo, la apertura importadora aceleró tensiones que venían latentes. No solo presionó sobre precios y márgenes: expuso con crudeza las desigualdades de productividad dentro del entramado local. La sensación predominante entre los empresarios fue que el mercado ya no perdona ineficiencias. Quien no puede reconvertirse y ganar competitividad queda rápidamente rezagado. Ese ajuste silencioso atravesó pymes, medianas y grandes compañías, y consolidó una lógica más pragmática: menos nostalgia industrial y más cálculo racional de costos, tiempos y retornos.
Eficiencia como dogma, empleo en transición y balances que encendieron alertas
El empleo privado también quedó atrapado en esa transición. Fue un año de despidos ruidosos en algunos casos y de un goteo persistente, en otros, que reconfiguró estructuras sin reemplazos equivalentes. La presión por la eficiencia derivó en planteles más acotados, procesos más automatizados y perfiles altamente especializados. La nueva normalidad empresarial dejó en claro que los excesos ya no tienen lugar y que la inercia, incluso en compañías con trayectoria, dejó de ser tolerada.
En los pasillos, la conversación fue más cruda: muchas firmas aceptaron que el ajuste llegó para quedarse y que la recuperación, de concretarse, no necesariamente traerá de vuelta el empleo perdido. A eso se sumó un fenómeno que encendió luces amarillas: la suba de la morosidad en bancos y fintech, acompañada por balances tensos en sectores clave como el alimenticio, donde la caída del poder de compra y el encarecimiento del financiamiento hicieron imposible sostener los niveles de rentabilidad previos. Más de una empresa cerró el año mirando de reojo su hoja de resultados y dudando del margen real para invertir.
Un 2026 que asoma con expectativas moderadas, pero decisivas
Hacia el final del año comenzó a aparecer un elemento distinto: un espíritu de reactivación tenue, pero palpable. No es optimismo pleno, pero sí la idea de que 2026 podría ofrecer un entorno algo más ordenado para recuperar movimiento. La expectativa de un repunte moderado del consumo, una mayor previsibilidad en precios relativos y un frente externo menos tensionado alimentó conversaciones en los directorios que hace meses eran impensables.
La pregunta hoy no es si habrá rebote, algún rebote habrá, sino si tendrá la fuerza suficiente para inaugurar un nuevo ciclo y no quedar encapsulado como una mejora estadística. La afirmación que empieza a consolidarse es otra: la eficiencia ya no es un plan, es el punto de partida. Y quien no incorpore esa lógica difícilmente pueda subirse a cualquier eventual recuperación.
El año dejó certezas incómodas y oportunidades incipientes. El clima de negocios argentino se movió entre la contracción y la búsqueda de un orden nuevo, uno donde la eficiencia dejó de ser una opción para convertirse en la única forma de permanecer. Las tensiones por la apertura importadora, la caída del consumo y los balances en rojo, sobre todo en las alimenticias, convivieron con la necesidad de sostener planteles mínimos y evitar daños estructurales que dificulten cualquier recuperación futura.
En los pasillos corporativos, la sensación dominante fue que 2025 no permitió construir demasiado, pero sí obligó a destruir menos de lo que muchos temían. Las empresas que lograron atravesarlo lo hicieron con ajustes quirúrgicos, redefiniendo modelos de negocio y aceptando que la supervivencia también requiere intuición: saber cuándo retroceder, cuándo esperar y cuándo apostar incluso en la incertidumbre.
De cara al 2026 persisten más preguntas que respuestas. Hay señales que entusiasman, un consumo que podría dejar de caer, una macro un poco más previsible, un tejido productivo que empieza a reacomodarse, pero también dudas profundas sobre el impacto prolongado de la recesión, la fragilidad del empleo y el margen real para financiar una recuperación sostenida.
El empresariado argentino vuelve a pararse frente al dilema histórico: ¿administrar la expectativa o animarse a construirla? Si el 2025 fue el año de la resistencia silenciosa, 2026 será el año de medir la capacidad real de reconstrucción. Entre la cautela y el impulso, el clima de negocios vuelve a jugar su partida decisiva.









